Con cariño para Ellen, Celia y Maya
- Francisco Vallenilla
- 29 jul 2022
- 22 Min. de lectura
Actualizado: 26 may
El libro de las parábolas, de Per Olov Enquist, y otras novelas sobre iniciaciones

En aquellos felices y despreocupados años solo había dos burdeles. En la vía hacia San Pedro, un poblado de agricultores portugueses, La Estancia. Era el más barato porque sus servicios corrían por cuenta de mujeres viejas, entre cuyas resignadas piernas algunos hombres aún veían brillar una lucecita de placer, sobre todo los de nuca y brazos tostados, que hurtaban energía a sus extenuantes jornadas bajo el sol para poder, cada sábado, estremecerse sobre una piel reseca y desencantada. Los Pinos era el otro. Se tomaba la Panamericana, en dirección hacia Caracas, y justo en una panadería que era muy apreciada por sus golfeados, se doblaba a la derecha y se seguía por una carreterita de asfalto agrietado y con casas silenciosas bastante separadas unas de otras, semiocultas y decadentes entre altos árboles, desde cuyas ventanas, quizá, alguien espiaba, condenando a sus pasajeros o envidiándolos, el pasar de los carros que se dirigían a ese lugar de leyendas vivientes: la Aguja, flaca y dispuesta a las más desaforadas fantasías; la Tornapul, con su nombre castellanizado de maquinaria pesada y una sonrisa preciosa que alegraba un rostro temible; la Rosita, con su cuerpo de niña y sus mañas de veterana; la Gringa, de piernas largas, vientre con pelusa de durazno y grandes pechos blancos de diosa. Era igualmente un antro, oscuro, con mesas perdidas entre el humo de los cigarrillos y los boleros de una maltrecha rockola, pero las superficies eran lisas y las bocas, prometedoras, exhalaban ron o whisky, no aguardiente. Barato o caro, en ninguno de los dos se hacían problema con la edad: no importaba cuándo habías nacido, sino cuánto tenías en el bolsillo.
Pero hasta esa noche todo esto lo sabíamos de oídas, porque ninguno de los cinco que íbamos en el Renault 12 del papá de Samuel había estado nunca en esos lugares. Ni siquiera por curiosidad nos habíamos acercado a La Estancia, aunque eran frecuentes nuestros paseos en bicicleta hasta San Pedro y habría bastado desviarse un poco, por una subida poco inclinada que serpenteaba entre sembradíos de lechuga, para conocer al menos cómo se veía por fuera y a lo mejor, en un patio, sorprender a una de las prostitutas tendiendo sábanas de lejano blanco en una cuerda. Para llegar a Los Pinos hacía falta carro propio y lo más próximo que habíamos estado era en Los golfeados de Los Teques, y de seguro con la familia, pues era muy común que cualquier tarde del fin de semana el plan fuera ir hasta allá para merendar con ese pan suave en forma de caracola, relleno de queso blanco rallado, con aroma de anís y bañado con melado de papelón, solo o acompañado con queso de mano, y una taza de café o una pepsi. No faltaba quien cada vez exclamara lo delicioso que eran los golfeados allí y los muchachos que éramos entonces asentíamos como el resto, aunque pensando menos en el arrebato del paladar por ese postre dulce-salado que en el imaginado sabor rojo suave que esconde una mujer. Sin embargo, en Los Pinos no aprenderíamos nada sobre el placer sexual, porque sus putas legendarias carecían de fibra sensible y vocación pedagógica. En pocos minutos, ya estábamos todos reunidos de nuevo para marcharnos, tan ignorantes como habíamos llegado, pero ahora decepcionados y tristes por las ilusiones defraudadas. El de regreso fue un viaje de resentidos comentarios sobre lo que acabábamos de experimentar, el indolente lavado con jabón azul, la cama desvencijada en la que apenas estuvimos, el penetrante olor a Pine Sol de aquellas habitaciones en penumbras, ellas de espaldas, vestidas de nuevo, girando la manilla de la puerta para salir, sin una palabra. Sabíamos que las putas no besaban en la boca, pero ¿tampoco se despedían? Todo fue muy rápido y mecánico, como si hubiésemos comparecido ante una taquilla burocrática donde una funcionaria, indiferente y malencarada, nos había entregado un certificado mal diseñado mientras decía a cada uno con tono ascendente: “Ya no eres virguito. ¡Siguiente!”.
“No quiero vivir atrapada. Y tú tampoco. Entonces no seremos libres”
Pero claro que en este terreno hay primeros pasos más estimulantes, más dignos de ser inolvidables, cuyos detalles, reales o agregados por la imaginación para vencer al tiempo, se recrean con ánimo luminoso. Es lo que hizo Per Olov Enquist (1934 - 2020) en su novela de guiños autobiográficos El libro de las parábolas (una historia de amor), publicada en 2013. Era julio de 1949 y en la pequeña finca vecina, que perteneció a los Larsson, ella estaba tumbada en la hierba, sobre una manta, leyendo y tomando el sol. Él se dirigía al lago después de haber escuchado la misa en la radio junto a su abuela y fue entonces cuando la vio. Pensó que lo más educado era disculparse y alejarse, pero ya la mujer se había girado hacia un lado para saludarle: tenía el sostén desabrochado y solo vestía la parte baja de su bikini amarillo. Aunque ese sencillo movimiento solo le tomó unos segundos, para él se desplegó en tres momentos: primero lo paralizó, luego vio con toda claridad su pecho izquierdo y finalmente se dio cuenta de que el libro que leía era La gente de montaña, de Bernhard Nordth, de quien él conocía En la sombra del monte de Marsfjäll! La literatura salva y el joven Enquist cruzó el puente que le tendió el autor sueco, en lugar de caer al abismo empujado por su timidez. En una palabra, que en vez de abandonar su inmovilidad para huir de allí, le preguntó lo que ya sabía como si para él también fuera la cosa más natural del mundo hablar con mujeres desnudas en medio del campo: “¿Qué estás leyendo?”.
La de los Larsson era una propiedad menor comparada con la de su familia, la granja que insistían en llamar Gammelstället (“el viejo lugar”), con sus seis vacas y dos caballos, y cuando aquellos se marcharon, su tío John se las compró por cuatro mil coronas. Eran las dos únicas casas en el lindero del bosque cerca del lago Bursjön, y la de los Larsson pasó a ser un lugar que se alquilaba durante el verano, como a ella ese año. Que tenía el cabello castaño, era rellenita y bastante bonita lo sabía por haberla visto antes. Que era de Södertälje, en las afueras de Estocolmo, trabajaba como contable en el hospital de esa localidad, hablaba fino (sueco y no dialecto), leía a Nordth y tenía unos senos redondos y bien formados, al menos hasta donde él era capaz de evaluarlos, porque su única referencia era el seno derecho de Gerd Falhman, de Yttervik, que había tocado por encima de su blusa, sin contar los de una prima segunda de Istermyrliden, que nunca tocó pero le invadían todos los sentidos, lo sabía ahora, después de que ella, que se había sentado, lo invitó a que la imitara para continuar conversando sobre Nordth y, también, para seguir conociendo más de él, cuánto medía, su edad, si andaba de novio con alguna chica, al tiempo que dejaba caer el sostén y sus pechos quedaban descubiertos. Él había salido con la intención de refrescarse en el lago y pensaba que el intenso calor de ese día de julio explicaba muchas cosas: su desinhibición en la hierba, que lo invitara a tomar un refresco en la casa y que luego se dejara caer despacio en el suelo de pino sin nudos de la cocina de los Larsson, ahora sí absolutamente desnuda. “Y tras un rato casi incansablemente largo entrando y saliendo, ella inclinó su cabeza hacia atrás, con los dos ojos cerrados, jadeando cada vez más al tiempo que parecía como que lo bombeara, como si contrajera todo su cuerpo bajo el de él, y dijo algo confuso que al principio él no entendió y al cabo de solo algún que otro minuto, como mucho, quizá tan solo unos segundos, abrió los ojos, respiró aliviada mientras clavaba la mirada en el techo de los Larsson, y dijo que ahora puedes correrte si quieres”.
No, por supuesto que no había nada pecaminoso en todo aquello, como temió al principio bajo el peso de la sombra de su madre, pietista, ferviente creyente y miembro de la Asociación Misionera de las Maestras, por el recuerdo de lo ocurrido a la hija mayor de los Burman, que cayó en desgracia tras pecar y mantener relaciones carnales, y porque desde los siete años él pertenecía al Ejército de la Esperanza. Como nadar en bienaventuranza fue la sensación que tuvo mientras estuvieron sentados en la hierba y también cuando ella, en el piso pulido de la cocina, le dijo que podía acariciarla. Pero era difícil hallar palabras para describir lo que estaba viviendo y cuando su mano le agarró el miembro con fuerza, pensó que seguramente así sintió Jesucristo cuando María le untó los pies con aceite perfumado. Faltaba, sin embargo, porque cuando estuvo dentro de ella fue la vivencia de la eternidad y del tiempo, de todo el tiempo, eso tan cálido era el propio sentido de la vida. Y todavía más, porque cuando ella le presionó la espalda con sus bonitas manos para que entrara hasta el mismo centro del sentido de la vida, todo fue casi más maravilloso que experimentar la redención. “Es que hacía mucho tiempo (…) Se me había olvidado cómo era. Ha estado muy bien. Gracias”, fueron sus palabras antes de que él se marchara. Esas y las que le hicieron prometer que nunca jamás se lo contaría a nadie.
“Te lo prometo”, le dijo, pero han pasado más de sesenta años de esa epifanía y ya no importa si aquel inocente muchacho, que ahora es un viejo escritor, falta a su palabra con este libro, sucedáneo de una novela de amor que nunca fue capaz de escribir, y en el que incluyó “La parábola de la mujer en el suelo de pino sin nudos”, con quien vivió “la experiencia religiosa más intensa de su vida, quizá la única, la que pese a todo le había hecho mantener la fe en que el milagro religioso existía de verdad, y en que algún día eso le ayudaría a sobrevivir”. La vio una segunda vez, en agosto de 1958, en la estación del tren de cercanías de Södertälje, cuando el recuerdo de aquella tarde de hacía nueve años no se había ido difuminando, sino más bien desbordando, impulsándolo a buscarla. “No quiero vivir atrapada. Y tú tampoco. Entonces no seremos libres”, dijo ella por toda explicación para su negativa de verse más. Murió en 1977, se llamaba Ellen y era treinta y seis años mayor que él.
“La señora Gray (…) a pesar de los años transcurridos desde la última vez que la vi, ha permanecido en mi interior íntegra, o con toda la integridad posible en una criatura que no es uno mismo”
Como el adolescente sueco en 1949, Alexander Cleave también contaba quince años cuando estuvo con la señora Gray, y pese a que en la novela de John Banville (Antigua luz, 2012) el personaje-narrador no precisa la fecha, su experiencia quizás tuvo lugar en la década siguiente a lo ocurrido en la cocina de los Larsson. Cleave es el actor de teatro que conocimos en Eclipse (2000). Ahora, que es un viejo (igual que el escritor que destila recuerdos en El libro de las parábolas), está retirado de las tablas y sufre por la ausencia trágica de su única hija, se aventura tambaleante por el engañoso camino de la memoria para recuperar ese episodio de hace medio siglo, que lo marcó a fuego (“Única pasión verdadera de mi vida”) y representa una hendija luminosa en su presente oscurecido por el dolor. Algo más antes de seguir: ya entonces ambos eran huérfanos de padre, lo que hizo de sus madres una figura tutelar inmensa, y sus primeras experiencias sexuales compartieron el escenario de sus pueblos natales, en los que el sexo fuera de la santidad del lecho matrimonial equivalía a crucificar nuevamente a Jesús. Con más clavos, incluso, porque relaciones como las suyas no solo subvertían los preceptos de la Iglesia, sino también las leyes del Estado y estremecían hasta la desintegración a las buenas familias cristianas, comprometiendo el orden del mundo civilizado.
Celia Gray tenía treinta y cinco años, estaba casada con un oftalmólogo y era madre de una niña, Kitty, y de un muchacho contemporáneo de él, Bill, su mejor amigo. No se había fijado en ella, como nadie de su edad se fijaba en las mamás, seres siempre atareados detrás de un delantal, pero un día que Bill, como era usual, tardaba en alistarse para ir juntos a la escuela mientras él lo esperaba en la sala, algo, como si lo hubiesen enfocado con una débil luz, lo hizo levantarse de donde estaba y subir las escaleras para adentrarse por el pasillo que conducía a las habitaciones, caminó hasta que lo inmovilizó un rayo: por la puerta entreabierta del cuarto matrimonial vio a la señora Gray desnuda frente al espejo. Cleave recuerda que aquel cuarto tenía, en realidad, varios espejos y lo que él vio no fue un reflejo, sino el reflejo de un reflejo. “La señora Gray en el espejo, en el espejo reflejado, estaba en pelotas. Sería más galante decir que estaba desnuda, lo sé, pero en pelotas es la expresión. Tras un instante de confusión y sorpresa me llamó la atención el aspecto granuloso de su piel —supongo que debía de tener la piel de gallina, allí de pie—, y su brillo amortiguado, como el lustre del filo de un cuchillo empañado”. No se arredró ante su mirada ni corrió a cerrar la puerta. Y si hizo luego esto último, no lo sabría porque ya él iba trastabillando de vuelta, aturdido por la impactante visión de una mujer desnuda. Le pasó como al joven Enquist, paralizado por el seno izquierdo de Ellen, porque en aquel laberinto de cristal Cleave no vio el cuerpo completo de la señora Gray, sino como desmembrado por las varias superficies reflectantes. Para los dos muchachos, un atisbo del paraíso en la tierra que pronto visitarían, casi inmediatamente el primero, varios días después el segundo.
Los Gray eran socios de un club de tenis en las afueras del pueblo. Él acudía de vez en cuando, invitado por Bill, y en aquella ocasión regresaba a pie por la carretera cuando la señora Gray detuvo a su lado el viejo auto de la familia y le ofreció llevarlo. No condujo hacia su casa, sin embargo, sino hacia una zona forestal: “¿Te gustaría besarme?”. Había sido real el contacto con sus labios, pero a él, presa de una mezcla de impaciencia y alarma, le seguía pareciendo como si todo continuara formando parte de un sueño, “como si todo ocurriera aún en las profundidades de un espejo, mientras yo permanecía fuera, observando, sin tocar”. Pasarían aún 15 días más antes del encuentro definitivo en el cuarto de servicio de la residencia de los Gray. Era la semana de vacaciones de Pascua y el señor Gray había llevado a sus hijos al circo. Llovía a cántaros cuando Cleave, que se sentía abandonado y objeto de un perverso juego de adultos, se topó con la señora Gray en la calle. Debió de mirarla con expresión de necesidad y súplica, porque al final se decidió a tomarle la mano y a conducirlo por donde ella había venido, es decir, a su casa. Lo hicieron y ese fue el comienzo de un algo imprudente pero maravilloso que duró poco menos de cinco meses. Ella “me concedió el libre uso de su cuerpo, ese opulento jardín de placer en el que yo sorbía y chupaba, aturdido como un abejorro en pleno verano”. Lo hacían en el asiento trasero del vetusto carro y sobre todo en la abandonada cabaña de los Cotter, una ruina oculta en el bosque que, irónicamente, había sido hallada por Bill. Corrían muchos riesgos, pero no fue allí donde los descubrieron. De hecho, el final replicó el inicio: empapados por un aguacero inusual que los sorprendió en el bosque, regresaron a su casa. (¿A dónde habían ido esa vez el señor Gray, Kitty y Bill?). De nuevo estaban en aquel cuarto de techo alto y una única ventana, abarrotado de cosas, con una lavadora y una mesa de planchar, que Cleave consideraba un santuario, ella contra la pared con la bata abierta y él de espaldas a la puerta, con sus manos ansiosas recorriendo ese cuerpo que oponía una falsa resistencia, cuando la señora Gray palideció, abrió mucho los ojos y lo empujó, haciéndole sentir lo mismo que la marioneta cuando el titiritero abandona los hilos: Kitty y su amiguita Marge los miraban. “Creo que deberías irte a casa”, fue lo último que escuchó de ella. Expulsados por el silencio condenatorio del pueblo y por su propia vergüenza, los Gray volvieron a la ciudad, de donde procedían, y la casa y la óptica del esposo se pusieron en venta. Mientras, él sentía sobre todo miedo, porque se encontraba de pronto en un lugar ajeno, estaba abandonado y extraviado, aprisionado por su inmensa pena y con la plena conciencia de que, por primera vez en la vida, estaba solo: era un territorio de adultos donde no debería estar un muchacho de 15 años.
“La señora Gray (…) a pesar de los años transcurridos desde la última vez que la vi, ha permanecido en mi interior íntegra, o con toda la integridad posible en una criatura que no es uno mismo (…) Es por esta razón que no la veo en la calle, que no me la evoca el giro de la cabeza de una desconocida, ni oigo su voz en mitad de una multitud indiferente: al estar tan ampliamente presente para mí, no precisa mandarme señales fragmentarias. O quizá, en su caso, mi memoria funciona de una manera especial. A lo mejor no es la memoria lo que la hace pervivir en mi interior, sino una facultad completamente distinta”.
Enquist y Cleave eran dos chicos pueblerinos, cuyo precario conocimiento de la sexualidad era un batido de prejuicios religiosos, ignorancia, fantasía e inocencia. Antes de Ellen, Enquist solo soñaba con la señora de la oficina de correos de Vännäsvägen, 12, de unos treinta y cinco años, a la que “de alguna manera deseaba penetrar, o mejor dicho a la que deseaba englobar”. Poseído por un incontrolable anhelo, que le hacía alargar las visitas para buscar el correo de su tía Lilly, no le quedaba muy claro el papel que desempeñaba el ligero vestido verde, que le caía suelto sobre el cuerpo, “nunca se imaginaba que esa prenda pudiera desvanecerse, que ella se quedara desnuda”. Por su parte, Cleave fantaseaba con menos, porque su ideal de mujer era la dama de Kayser Bondor, “una belleza de cartulina recortada de un palmo de altura apoyada en el mostrador de corsetería de la mercería de la señorita D’Arcy, al final de nuestra calle Mayor, ataviada con un vestido color lavanda que exhibía el borde de una combinación excitantemente casta por encima de unas deliciosas piernas…” , como nosotros con Farrah Fawcett en traje de baño rojo, sentada de lado y con una pierna flexionada, mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y, enmarcado por el mar claro de grandes olas que era su pelo, donde nadaba su mano izquierda, ofrecía su bello rostro de sonrisa perfecta a la cámara.
“Impresionante. Aunque yo había visto las fotografías clavadas en las paredes de los barracones, era la primera vez que veía a una mujer de carne y hueso desnuda. No sólo era diferente: era como un milagro. No se dio cuenta de mi presencia y, cuando salía de la ducha, la pillé desprevenida, le besé los pechos y me apreté contra su cuerpo mojado y caliente”
András Vajda (En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey, 1965) era también un muchacho de quince años y huérfano de padre cuando retozó con Maya, y aunque asimismo se trataba de su primera vez con penetración, le llevaba bastante ventaja a Enquist y a Cleave. Tenía más mundo y había estado mucho más cerca de las mujeres reales, incluso desnudas. La guerra los había desterrado, a él y su madre, de la bella y pequeña ciudad húngara donde residían. Se fueron al oeste, a casa de sus abuelos, y poco después ingresó a una academia militar en una localidad próxima a la frontera austríaca. Con la llegada de los rusos a Hungría, comenzó su primer exilio: bajo la guía del profesor de Historia, los cadetes se unieron a la masa de seres desesperados que huían del frente de guerra atravesando las llanuras y montañas de Austria. Vajda perdió contacto con el resto mientras estaban en Viena y desde entonces continuó solo hasta que, en mayo de 1945, un jeep del ejército estadounidense lo recogió en la carretera, medio muerto de hambre. Le permitieron quedarse en el campamento aliado, en las afueras de Salzburgo, y como pronto aprendió suficiente inglés, se ofreció como intérprete e intermediario en el comercio carnal que mantenían los soldados con las mujeres húngaras de un cercano campo de refugiados. Cinco paquetes de cigarrillos, un pote de leche en polvo, veinticuatro paquetes de chicle o una lata pequeña de carne de buey eran la moneda de aquellas transacciones. Además, había convencido al jefe de la cocina para que le permitiera revender el aceite de freír, que usaban una sola vez, entre los restaurantes de la ciudad: tiraban unos 100 litros diarios de aquel oro líquido en la Europa de la inmediata posguerra. Así, Vajda, que había nacido en una familia tan devota y cristiana como las de Enquist y Cleave, que pasó los primeros diez años de su vida entre frailes y pensaba, a los siete u ocho años, en abrazar el sacerdocio, en poco tiempo se convirtió en proxeneta y estraperlista. Aunque la educación religiosa inculca el sentido de culpabilidad en todo lo relacionado con el sexo, a aquel avispado muchacho húngaro no lo embargaba ningún sentimiento de culpa: “Los frailes franciscanos me perdonarán, espero, si digo que yo nunca hubiera podido comprender y gozar de las mujeres si la Iglesia no me hubiera enseñado lo que es la reverencia y el éxtasis”.
En dos oportunidades, Vajda estuvo en las inmediaciones del lugar cálido, húmedo y palpitante, mil veces imaginado. Entre las refugiadas había una señora de la aristocracia húngara, esposa de un conde, cuya familia se mencionaba en los libros de historia y cuyo apellido y rango militar aún valían para que les asignaran una barraca apartada del resto de los refugiados, a él, su esposa y su hija de dieciocho años. Pero no tenían más privilegios y la señora, con porte y vocabulario de dama virtuosa, debía prostituirse como las otras desgraciadas si querían comer. Siempre rechazó que la sustituyera su hija y siempre lo hizo, por el doble o el triple de la tarifa usual, solo con oficiales. Él merodeaba por los barracones y las habitaciones de los oficiales con la esperanza de que, al menos, lo dejaran ver de qué iba el ayuntamiento de hombre y mujer. Una mañana, después de que la condesa S. había cumplido con su parte y estaba dándose una ducha mientras el oficial regresaba para pagarle, Vajda abrió la puerta del baño: “Impresionante. Aunque yo había visto las fotografías clavadas en las paredes de los barracones, era la primera vez que veía a una mujer de carne y hueso desnuda. No sólo era diferente: era como un milagro. No se dio cuenta de mi presencia y, cuando salía de la ducha, la pillé desprevenida, le besé los pechos y me apreté contra su cuerpo mojado y caliente”. Tras unos instantes, lo apartó de un empujón (“¡Dios, lo que la guerra hace de todos!”), pero mientras llegaba el oficial, ella se interesó por su familia, de dónde eran, una conversación trivial como la de Enquist y Ellen en la hierba, solo que ellos estaban sentados lado a lado en la cama y ella iba vestida, y matizó su absoluta negativa a acostarse con aquel impúdico chico: “Me empujó suavemente sobre la cama y me desabrochó el pantalón. Con la espalda erguida, empezó a acariciarme con dedos lentos y cautelosos, estudiándome la cara con cierto aire de curiosidad. De pronto sus labios se abrieron, se inclinó y me tomó en su boca. Me sentí ingrávido y me pareció que nunca en la vida querría volver a moverme”. Luego le ordenó que se levantara y se fuera, no sin antes decirle que rezara para pedir a Dios que lo salvara de la condenación, esta vez como Cleave, a quien la señora Gray despidió después de la primera vez en el cuarto de servicio pidiéndole que no demorara en ir a confesarse por el pecado que habían cometido. Ella haría otro tanto.
Su segundo intento fue con Fräulen Mozart, una rubia austríaca del oficio, de carnes blancas, que cobraba dos libras, diez dólares o cuatrocientos cigarrillos. Ella propuso que lo hicieran en el bosque que separaba al campamento militar del pueblo más próximo. Caminaba muy rápido, pero cuando llegaron a la zona de árboles, él se adelantó corriendo hasta un calvero para tender la manta, contento de haber encontrado tan rápido un lugar romántico e íntimo. Ella se sentó, se abrió la falda y se tendió de espaldas. Vajda pensaba que, pese a su indiferencia por haber estado con tantos hombres, por fuerza tenía que percibir su emoción, más cuando él le había confesado que era su estreno con una mujer. Pero Fräulen Mozart habría encajado entre las putas de Los Pinos, porque cuando él, embriagado, se quedó con la cara hundida en su regazo, ella casi le gritó que se diera prisa: Mach schnell (hazlo rápido). “Me sentí terriblemente ofendido. Sin una palabra, me levanté y empecé a dar tirones a la manta. No habría tocado a aquella mujer ni por todos los placeres del paraíso”.
Vajda regresó a Hungría en 1946, con siete mil quinientos dólares guardados en el forro de su chaqueta. Se reunió con su madre en Budapest y con el dinero de sus trapicheos juntaron lo suficiente para alquilar y amoblar un apartamento en un majestuoso edificio antiguo. Tuvo varias experiencias frustrantes con las chicas de su edad y cuando estrenaron El demonio y la carne, una película de Claude Autant-Lara sobre la relación entre una mujer mayor, exquisita y apasionada, con un muchacho, que él vio una docena de veces, decidió que su problema era que salía con mujeres muy jóvenes: tratar de hacer el amor con alguien tan inexperto como uno es tan insensato como meterse en aguas profundas con alguien que tampoco saber nadar. Esa revelación fue la que lo condujo a Maya, eso y la literatura, que acudió en su auxilio como antes lo hiciera con el joven Enquist.
Dos pisos más arriba vivían los Horvath. Vajda tenía interés en la literatura y aquel matrimonio de mediana edad le ofreció acceso a su biblioteca. El señor Horvath casi nunca estaba, por lo que era ella, Maya, la que siempre le prestaba los libros y le hacía recomendaciones, por ejemplo, que no perdiera el tiempo con los novelistas contemporáneos, Stendhal, Balzac o Tolstói podían decirle mucho más sobre las personas y la vida. Para un muchacho que sufría calambres en el estómago por el mínimo roce de una mujer, la visión de Maya suponía un tormento inaguantable. Tenía unos cuarenta años, morena, de bonita figura, con grandes pechos y caderas redondeadas. Ahora subía a donde los Horvath casi todos los días y estaba dispuesto a superar, para bien o para mal, la angustia de la espera: “Diga qué puedo hacer para conseguir que usted me quiera”, fue la frase que ideó para forzar una salida. Si no se atrevía a decírselo, se suicidaría lanzándose al Danubio. Se atrevió y el premio a su descaro fue un beso como ningún otro, un beso que duró todo el trayecto desde la sala hasta el dormitorio. Ella lo guio todo el tiempo y él estaba tan nervioso, tan temeroso de estropearlo todo, que permaneció inmóvil dentro de ella. “Creo que voy a menearme un poco”, dijo Maya al cabo de un rato. Los Horvath mantenían lo que después se conocería como una relación abierta, él tenía una amante que ella conocía y, a su vez, sabía lo de su esposa con el chico de abajo, el aspirante a poeta. “Esa idea de que solo se puede querer a una persona es lo que confunde a la mayoría de la gente”, le advirtió ella desde el principio. Maya y Vajda hicieron el amor muchas veces, siempre entre aquellas paredes llenas de libros, música y comida, y finalmente ella lo dejó. Vivieron al menos un año más en el edificio, hasta que arrestaron al señor Horvath, como a muchos otros en aquellos tiempos de paranoia política, y ella se mudó a casa de una colega del instituto donde trabajaba. Por su parte, Vajda tuvo que salir de Hungría en 1956, tras el fracaso de la revolución que aplastaron los tanques soviéticos. Vivió en Italia y Canadá para establecerse luego como profesor de Filosofía en la Universidad de Michigan, Estados Unidos, donde ya viejo escribió sus memorias sobre las experiencias que lo hicieron hombre.
Post scriptum:
¡Ah, el amor!
La sexualidad, de acuerdo con la definición de la Organización Mundial de la Salud, “es un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vivencia y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.
Está claro que de aquella noche en Los Pinos nosotros salimos tan unidimensionales como entramos. En cambio, Enquist, Cleave y Vajda pudieron en sus iniciaciones experimentar el erotismo y disfrutar la intimidad y el placer sexual hasta tal punto de manera intensa, que terminaron enamorados. Vajda anota en un pasaje de sus memorias que “el amor es un atisbo sentimental de la eternidad” y si haber estado en el centro cálido de Ellen, Celia y Maya fue la vivencia de la eternidad, entonces lo que sintieron por ellas no podía ser otra cosa que amor. Sexo y amor, como se termina aprendiendo en la vida, pueden darse por separado, pero en ellos tuvo validez el silogismo, si se juzga porque Enquist buscó a Ellen nueve años después y Cleave escribió: “Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, me gustaría volver a enamorarme, solo una vez más”. Mientras, Vajda anotó que la primera vez que estuvo con Maya naturalmente le dijo que la quería, “la quería, y aún la quiero”.
De acuerdo con la neurobióloga y antropóloga Helen E. Fisher, que ha dedicado su carrera profesional al estudio científico de este poderoso sentimiento, los muchachos solo habrían vivido la activación de dos de los tres circuitos cerebrales que hacen posible la experiencia amorosa. “¿Qué es el amor? El amor es una cosa diferente para cada persona. Pero, como científica, creo que deriva principalmente de tres circuitos cerebrales: el deseo sexual, el amor romántico y el apego. Se trata de sistemas cerebrales diferentes. Creo que el deseo sexual te hace buscar un amplio abanico de compañeros; que el amor romántico te permite concentrar tu energía en uno solo, y el tercer sistema cerebral, el apego, te permite quedarte con esa persona al menos hasta educar a un hijo durante su infancia (…) El amor romántico es una ruta primitiva muy básica que atraviesa el cerebro. De hecho, la fábrica principal que genera dopamina, la que te da esa sensación, está justo al lado de las fábricas que provocan la sed y el hambre. La sed y el hambre te mantienen vivo hoy; el amor romántico te impulsa a formar una relación y colocar tu ADN en el mañana. Lo denominamos un mecanismo de supervivencia. Y se puede activar de forma instantánea. Al igual que el miedo se activa de repente, el amor romántico se puede activar al instante”.
En la entrevista concedida al sitio web Aprendemos juntos 2030, Fisher afirma que “estamos hechos para enamorarnos. Lo interesante es que los circuitos cerebrales del apego tardan mucho más tiempo en asentarse (…) Lo que descubrimos en nuestros datos, cuando pusimos en el escáner a gente que se acababa de enamorar, es que es fácil ver el circuito cerebral del amor romántico. Sin embargo, la región cerebral relacionada con la sensación de apego, de cariño, no se activaba en absoluto. Solo después de varios meses, normalmente unos diecisiete (que es cuando de verdad conoces a alguien, te transmite seguridad, confías en esa persona, la respetas y te respeta, te hace reír, hacen cosas juntos), es cuando empiezas a sentir esa conexión cósmica… Ahí es cuando crece el vínculo del apego”.
De los tres, Enquist, Cleave y Vajda, solo el segundo tuvo celos y sufrió por el desamor. Fischer explica que al amor hay que tratarlo como una adicción: “Hemos demostrado que hay una región básica del cerebro, el núcleo accumbens, que trata todas las adicciones. Todas las toxicomanías y todas las adicciones de comportamiento, como el juego, el sexo o la comida. Todas activan una región cerebral en concreto, el núcleo accumbens. También se activa cuando estás feliz y perdidamente enamorado y cuando te rechazan en el amor. Así que el amor romántico es una adicción (…) Hay tres partes en el rechazo amoroso. La primera es la protesta: intentas recuperar a la persona, intentas entenderlo (…) Después de un tiempo, te rindes. Pierdes toda esperanza. Esa es la segunda fase. Primero protesta y, luego, resignación y desesperación. Entonces intenta tratarlo como una adicción. Tira las postales y las cartas, no escribas, no llames, no vayas. Y como dije antes, haz ejercicio, haz cosas nuevas. Y por fin, llega el día en que empiezas a recuperarte (…) El cerebro se quiere recuperar. Estamos construidos para amar. Estamos construidos para superarlo y volver a amar”.
De manera que ahí vamos cada vez, con otro intento después de la última caída. Enquist, Cleave y Vajda escribieron sobre Ellen, la señora Gray y Maya en su vejez, luego de unas vidas alargadas en las que no faltaron otros amores, pero solamente las recordaron a ellas y a nadie más. “La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía”, advierte el protagonista de La única historia (2018), de Julian Barnes. Se llama Paul Roberts y tenía diecinueve años cuando comenzó todo con Susan Macleod, una mujer casada, con dos hijas de su edad, que le llevaba veintiséis años.